La espada de Bolívar y el derecho de los pueblos a decidir sobre su destino

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Espacioindependiente nº 470, jueves 11 de agosto, 2022

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La espada de Bolívar y el derecho de los pueblos a decidir sobre su destino

La representación española en Bogotá, invitada al acto público en el que se proclamó la nueva presidencia a de Colombia, estuvo encabezada por el Borbón Felipe VI, en un acto de clara dejación de sus responsabilidades internacionales por parte de los máximos representantes del gobierno español. El Borbón ha permaneció sentado mientras que el resto de presentes se levantaba en actitud de respeto en el momento que llegaba a la plaza pública la espada de Simón Bolívar, un símbolo de la independencia latinoamericana contra el colonialismo español. Un invitado, como jefe de Estado, no está en disposición de reconocer los hechos históricos.

  Santiago Apóstol viene siendo venerado oficialmente por los representantes del Estado español, y por el Rey en particular, en un ámbito religioso, como imagen de “Santiago matamoros” y “Santiago mataindios”, patrono de España; pero ese jefe del Estado español no muestra respeto por los símbolos populares. El feo del Borbón, como es costumbre, ha sido respaldado por el Gobierno, quitando importancia al asunto; resaltando, por el contrario, las buenas relaciones políticas y económicas con Colombia. ¿Cuál es la trascendencia histórica del conflicto?

 Remontándonos al año 1808, con la invasión de las tropas de Napoleón del territorio español -pactada con los mismos Borbones- se trató de establecer un poder extraño con la Constitución de Bayona, que provocó un movimiento de resistencia popular encabezado por los liberales y condujo a la Constitución de Cádiz de 1812. La constitución napoleónica en su título X establecía que “Los Reinos y Provincias Españolas en América y Asia gozarían de los mismos derechos que la Metrópoli”, mientras que la Constitución de Cádiz establecía que la Nación española era “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”, fórmula que venía a negar la existencia de un dominio colonial, tratando de crear las bases formales de una comunidad hispano-americana de naciones con súbditos sometidos y esclavizados… El saqueo colonial generaba las condiciones materiales de la rebelión y la guerra por la independencia.

 La influencia de la revolución francesa y de la norteamericana, así como de la revolución negra en Haití, influyeron a los partidarios del independentismo de las colonias españolas. La independencia nacional de América del Sur era impulsada por toda una serie de demandas relativas al libre comercio que el imperio de los Borbones prohibía, reclamando- así mismo- la abolición del trabajo forzoso de los indios en las minas y de la esclavitud. Se acabó así con el abuso de poder del rey y la consiguiente corrupción institucional de los virreinatos seleccionados por la Corte de Madrid, así como con la Inquisición y riqueza sin límites de la Iglesia. Se dio lugar con ello a la ruptura histórica del llamado Pacto Colonial, de un imperio en extensión territorial cinco veces más grande que toda Europa. Un imperio, el de las Indias occidentales de las Américas, que se había prolongado durante 300 años, con gran extensión de la producción y del comercio internacional.

Cuando Carlos IV y Fernando VII venden el Imperio a Napoleón, los liberales consideran que es un tratado ilegal por faltar un elemento esencial: el consentimiento expreso de la Nación, que se alza en armas contra la invasión, organizándose en Juntas. Las reformas políticas de los liberales españoles y su política de mantenimiento reformado de la Monarquía no consiguen frenar las aspiraciones revolucionarias latinoamericanas, por muchas limitaciones que sus acciones tuvieran. En última instancia, la rebelión del general Riego en 1820 vino a desmoronar los planes militares de los Borbones de una posible operación de reconquista de las colonias americanas perdidas, poniéndose al frente de la sublevación de las tropas que se negaban a embarcar para la guerra en América.

Las demandas del liberalismo llevaron a la articulación de movimientos republicanos por la independencia, haciendo frente a los ataques militares de las fuerzas monárquicas españolas y a los planes de la Santa Alianza Europea. De manera que la revolución anticolonial latinoamericana mueve los cimientos del poder del Imperio español y de las formas de explotación y opresión existentes. Bajo la influencia de la ola revolucionaria se llegó a la independencia de numerosas naciones y pueblos, que abolieron en sus territorios las leyes e instituciones de la monarquía española, barriendo sus privilegios. Se instauraron gobiernos republicanos sobre una base de derechos muy limitada, que no emancipaba a la mayoría de la población; pero que abolió tanto la esclavitud como los títulos nobiliarios, abriendo los mercados americanos a la competencia internacional.

En el siglo XVIII los Borbones habían limitado el acceso de los criollos -es decir, de los americanos- a cargos eclesiásticos y civiles, especialmente a los cargos políticos. Los rebeldes son calificados de “alucinados” y “facciosos”, que “cometen vil traición contra su patria”. La reconquista de América que la Corte de Madrid preparaba pretendía coronar en Ecuador al amante de la regente María Cristina de Borbón y establecer en México una monarquía de la familia borbónica.

Esas revoluciones rompieron con el Estado imperialista español, como Estado parasitario, la España de la inquisición religiosa y del monopolio comercial de las Indias; del genocidio de los pueblos originarios y del tráfico internacional de millones de esclavos. La aspiración a la unidad política latinoamericana, a la Patria Grande, como patria de patrias, se frustró en lo fundamental por la larga guerra de más 20 años, y por la intervención de otras potencias imperialistas, como fue el caso de Inglaterra y los mismos EEUU.

La modernidad política de los liberales de las Cortes de Cádiz, que quisieron poner límites a la autoridad real, cristalizó en las colonias americanas en la medida en que rompieron con la Monarquía. Las Cortes españolas renunciaron de forma definitiva a las colonias en América Latina en 1836, viniendo a reconocer oficialmente los nuevos estados republicanos. Se ponía fin así al Imperio español que, en su decadencia, vendió a los EEUU Cuba, Filipinas y Puerto Rico…  Emilio Castelar, quien fuera presidente de la Primera República española, hacía gala de su simpatía “con nuestras hermanas las repúblicas de América”.

 La independencia de los países de América Latina del Imperio español no es solo y simplemente un asunto histórico. Grandes bancos y empresas españolas se están apropiando con muy poca inversión del control de sectores estratégicos fundamentales de la economía latinoamericana: una segunda colonización o recolonización. Ofensiva encabezada por el Banco Santander, BBVA, Repsol, Telefónica, Iberdrola, Endesa, Unión Fenosa y otras muchas empresas del IBEX 35, con un accionariado mayoritario de capitales no españoles, procedente de multinacionales norteamericanas y de fondos buitre internacionales, acaparando sectores estratégicos de la economía latinoamericana, como es el caso del sector financiero, los seguros, el petróleo, la telefonía, el agua, el gas…; unas mil quinientas empresas de origen español operan ahora en diferentes países latinoamericanos. Los nuevos conquistadores vienen empujados por las políticas privatizadoras del FMI y del Banco Mundial, que la Unión Europea y el Estado Español ejecutan, poniendo a los Borbones al frente de la nueva colonización. Si sobre el terreno español la Casa de Borbón carece de legitimidad democrática e histórica para ocupar -por herencia de la dictadura- la jefatura de Estado, lo mismo debe ser entendido sobre el terreno internacional. En democracia nadie puede ostentar tan alta representación sin haberla ganado en elecciones libres.

El incidente con la espada de Bolívar es un nuevo aviso al Gobierno de coalición acerca de su reiterada política de protección de los privilegios y corruptelas de los Borbones, que viene a otorgarles un margen de actuación política y diplomática que no les corresponde. Y de los actos del rey son responsables quienes desde el Consejo de ministros o las Cortes Generales refrendan sus actos.

Doscientos años después, la lucha común de los pueblos contra la explotación y la guerra debe apoyarse en la experiencia histórica y sobre la realidad de sus relaciones. De forma que no puede haber fraternidad entre explotadores y explotados, entre colonizadores y colonizados. La fraternidad surge de la lucha en común por el respeto a la voluntad y soberanía de los pueblos enfrentados a los señores de los grandes capitales y a sus planes. Una lucha que se expresa en las demandas sociales y democráticas, de nacionalización de los grandes medios de producción, y en la defensa de los pueblos sometidos al sabotaje imperialista como es el caso  hoy del pueblo venezolano y cubano en América Latina.