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LA ABOLICIÓN DE LA DEUDA, EL DERECHO A DECIDIR,… IMPULSAN EL PROCESO CONSTITUYENTE 

Las multitudinarias movilizaciones sociales de las últimas semanas han comenzado a permitir que se tome conciencia de las debilidades y fortalezas de la lucha unida en las calles.

La resistencia a los despidos, a los desahucios, a la pérdida de derechos, salarios y pensiones, a la represión… busca por todos los medios una salida común.

Por limitadas que sean las exigencias puestas en pie, que hacen referencia al derecho a la pervivencia de la mayoría, no se podrán conquistar solo por la lucha unida y general. Sobre todo, hace falta un proyecto político en común, donde el pueblo sea quien pueda decidir sus formas y contenidos

El país está en plena destrucción: todos los días se desahucia, se despide, se empobrece a millones de personas. Como consecuencia de las políticas que se aplican se han hundido las rentas del trabajo y han crecido las rentas del capital.

Las reivindicaciones que unen a las plataformas, a las coordinadoras, a las mareas… suponen un punto de inflexión en la historia. En primer lugar, sus exigencias son incompatibles con las leyes, privilegios e instituciones del Estado sometido a los dictados de la troika. En segundo lugar, estos organismos de lucha levantados por la mayoría son independientes del Estado y de sus exigencias clientelares, con las que  pretende someter a la población a través del sometimiento de partidos y sindicatos a sus dictados.

Las manifestaciones de la Cumbre Social, impulsadas fundamentalmente por CCOO y UGT, exigen entre otras cosas la “regeneración democrática”. Cuando se conoce sobradamente que el modelo político continuista, monárquico-clientelar, del pacto social (Pactos de la Moncloa) y del pacto constitucional (Constitución del 78), impuestos entonces no solo está acabado, sino que además constituye un modelo cerrado, irreformable, según quería el “atado y bien atado” franquista.

Cataluña es la primera de las expresiones de esta situación. Sus representantes han intentado por todos los medios y durante años la reforma del Estatuto de Autonomía. Ante la permanente negativa del Estado se ven ahora en la necesidad de emprender un proceso constituyente por la independencia, mediante una consulta para que sea el pueblo quien decida.

LA FORMA DEMOCRÁTICA DE RESOLVER EL DIVORCIO DEL PUEBLO CON EL PODER 

Existen otros movimientos tendentes a organizar un proceso constituyente frente a la crisis política y económica. Además del derecho democrático a decidir que exigen los pueblos con aspiración al autogobierno, la abolición de la Deuda Pública viene a constituir otro elemento central de la situación política, ya que, al afectar a la inmensa mayoría, está llamado a erigirse en eje del proceso constituyente, por el poder popular.

La situación de huelga general latente contra las medidas del sistema político, las incipientes ocupaciones de tierras, de fábricas, de hospitales y universidades… necesita poner en claro sus  referencias políticas comunes.

Todas las medidas de ajuste, de austeridad vienen dictadas por la política de reducción del déficit, por la política de la deuda. Hasta el extremo de que PSOE y PP se pusieron de acuerdo en 24 horas para modificar su Constitución (art. 135),  a fin de que el pago de la deuda fuera prioritaria a cualquier otro gasto.

LA ESTAFA DE LA DEUDA

La Deuda, los tipos de interés que por decisión la UE pueden modificar los especuladores a conveniencia (la famosa prima de riesgo), constituyen una estafa antidemocrática permanente que, pisoteando la soberanía, trata de someter a los pueblos a la miseria. Es una estafa asumida por gobierno y oposición, cuyas consecuencias desastrosas estamos ya viendo en Portugal, en Italia, en Grecia,…

En estas condiciones, la abolición de la deuda se establece como una consigna de consignas: reagrupa en una muchas de las reivindicaciones que hoy son bandera de la lucha social. Conjuntamente con la derogación de la Constitución continuista, permitirá a los pueblos de España ejercer el derecho a decidir. Son las consignas (santo y seña) capaces de interesar a la mayoría, de unificarla y fortalecerla en un proceso constituyente por una verdadera democracia, cuya forma y contenido definirá el pueblo soberano.

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